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lunes 12 de octubre de 2009

Carta Estelar - Capítulo III (1)

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-Prólogo
-Capítulo I
-Capítulo II

Hacía tiempo que había perdido la noción del tiempo. Cuando la Tierra empezó a desaparecer del ventanal de la habitación reparó al fin en que estaba despierta.

Nereida se encontraba tumbada de lado en la cama con solo una fina sabana cubriéndola hasta la cintura. Notaba en la nuca la fuerte respiración de Angelo y el brazo izquierdo de este rodeándola, con la mano descansando sobre su pecho.

Los últimos efectos del narcótico desaparecían por momentos dejando tras de sí una ligera amnesia y una fuerte jaqueca. Como cada vez que se había visto en esa misma situación había tratado de recordar lo que había pasado, pero como cada vez al ver las marcas en sus muñecas y sentir dolor en casi cada musculo de su cuerpo se alegraba de no haber podido hacerlo.

En esos momentos trataba de no llorar, pero nunca era fácil. Detestaba en lo que se había convertido con cada decisión errónea que había tomado. Todo lo que había hecho en la vida la había conducido a no tener nada, ni siquiera una sola persona a quien realmente le importase. A ni siquiera tener valor para acabar con todo de una vez.

Mientras trataba de contener las lágrimas su vista se cruzó con un pequeño reloj. Pronto empezaría de nuevo la actividad de la estación y Angelo se despertaría. Entonces follarían de nuevo, porque es lo que siempre pasaba, quisiese ella lo que quisiese. Él nunca dejaba que se fuese sin más, nunca daba por pagada su deuda. La perspectiva le asqueaba.

A decir verdad de aquella situación le asqueaba todo. Le asqueaba haber sentido el sabor de su semen, le asqueaba que se hubiese corrido dentro de ella, le asqueaba que ahora mismo sus pieles estuviesen en contacto. Le asqueaba que le hiciese cualquier cosa estando consciente. Pero eso no era nada comparado con el asco que sentía hacia sí misma por dejar que lo hiciese.

No sabía exactamente como había empezado aquello, pero desde el primer día nunca había encontrado el valor para enfrentarse a él. Nunca había encontrado fuerzas para escapar.

Le gustaba pensar que en el pasado había sido diferente, que al menos se había divertido. Trataba con todas sus fuerzas de convencerse de ello. Pero se engañaba a sí misma y lo sabía. Nunca había sido diferente y mucho menos mejor.

Echando la vista atrás no conseguía recordar el sexo más que como algo asqueroso y doloroso. En ocasiones llegaba a dudar de que se tratase solo de cómo la habían tratado todos.

Justo en el momento que una lágrima brotaba de su ojo y terminaba de extender una mancha con los últimos restos de su maquillaje se dio cuenta de que una pequeña luz parpadeaba en el terminal de muñeca que descansaba junto a la cama. Alguien la estaba llamando.

Alargó el brazo y se lo colocó con cuidado, ajustando cada conexión a las pequeñas terminaciones apenas visibles que sobresalían en la cara interior de su muñeca izquierda. Unos segundos después daba paso al sonido de la comunicación y una voz aguda de hombre comenzaba a hablar en su cabeza.

-¡Señorita Fox! Al fin conseguimos localizarla, llevamos todo el día tratando de contactar con usted… oh, espere… Acabo de darme cuenta de la hora que es allí… espero no haberla molestado, nunca me acuerdo de que en Ceres no seguimos el mismo horario que....

Nereida escuchaba extrañada, lo último que esperaba era una llamada desde Ceres de alguien a que supiese quien era.
-Pero vayamos al grano – continuó hablando la voz – siempre que me pongo a hablar olvido lo que quería tratar, es extraño porque para otras cosas sí que tengo buena memoria… Permítame que me presente, me llamo Rupert Hawks, de Hawks y asociados y tenemos un paquete para usted.

En aquel momento perdió todo el interés por la llamada. Debía tratarse de algún gracioso que había visto su ficha personal en algún lado, y en aquel momento no estaba de humor para aguantar aquello.

-Perdone, pero no si quiere reírse de alguien búsquese a otra persona, yo ya he tenido bastante por hoy – dijo, sin mover los labios, con un tono totalmente plano.

Acerco la mano derecha para cortar la comunicación cuando la voz se apresuró a volver a hablar.

-¡Espere, espere! Creo que me ha malinterpretado, esto no es ninguna broma. Tenemos un encargo para usted a petición del señor Claude Fox con fecha de hace –hizo una pausa- exactamente diez años para entregar hoy. Aunque según la hoja de pedido usted debería haberse encontrado hoy aquí para recogerlo.

Al oír esto detuvo su dedo. ¿Un encargo de su padre? Aquello no podía ser cierto.

-¿Qué es exactamente ese paquete? – preguntó intrigada aun sin creerse lo que oía.
-No podemos decírselo, el contrato dice que usted debe presentarse en persona a recogerlo y que hasta ese momento no podemos revelar nada de su contenido… ¡espere! – Hizo una nueva pausa – Casi se me olvida, le mando una copia de la autentificación de la reserva.

Rápidamente en su terminal empezaron a aparecer multitud de letras y números. El software de su terminal rápidamente autentificó el documento. Empezaban a ser demasiadas molestias solo para reírse de ella, nadie habría preparado algo tan complicado. A nadie le importaba tanto.

-Bueno señorita – continuó la voz interrumpiendo sus pensamientos – necesitamos que nos confirme si vendrá a recogerlo antes de una semana, en otro caso tendremos que ponerlo a la venta… y la verdad es que sería una autentica lastima… ¡Espero su llamada!

La comunicación se corto y Nereida se quedó un instante tumbada en la cama mirando a través del cristal, al vacío, con la mente en blanco. ¡Un paquete de su padre! ¡Encargado hace diez años! Tendría que ir hasta Ceres pero… ¿Por qué no? No tenía nada que la atase allí.

Comprobó su cuenta. Tenía dinero para pagar un viaje de ida hacia Ceres, el dinero que Ángelo le había ingresado horas antes. Recordarlo hizo que se le revolviera el estomago. En poco más de una hora saldría un carguero mixto hacia las colonias exteriores con una escala en Ceres, si se daba prisa le daría tiempo a llegar.

martes 6 de octubre de 2009

Carta Estelar - Capítulo II

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-Prólogo
-Capítulo I

Se incorporó mientras seguía mirando aquello con cara de asco. A su alrededor el equipo forense continuaba recogiendo y analizando muestras de tejidos de los cadáveres desperdigados por todo el pasillo. Uno tras otro introducían los viales con apenas una gota de sangre en el detector y una tras otra iban apareciendo en la pantalla las identidades de los fallecidos.

Nueve de los mejores soldados de la compañía armados hasta los dientes y no parecía haber ninguna prueba de quien los había matado. Nueve soldados muertos con los cargadores de sus fusiles vacíos y ni una gota de sangre de quien les había hecho frente.

-Avísame cuando este todo – se dirigió al hombre que se encontraba operando el ordenador.

Ni siquiera espero a verle asentir antes de darse la vuelta y alejarse caminando de allí.

En aquel momento aquel sector entero estaba cortado al público. Solo los agentes asignados al caso tenían acceso, las cámaras habían sido apagadas y las grabaciones de seguridad requisadas.

Al cruzar el último control de seguridad se acercó a una de las entradas del sistema de ventilación y encendió un cigarro. Aspiró profundamente el humo y se sentó en el suelo a pensar.

Aquello no había sido un crimen normal, está claro. Nadie es capaz de acabar con nueve de ellos sin dejar ni una marca. Nadie es capaz de hacerlo simplemente con sus manos como le habían informado que se veía en las grabaciones de seguridad.

No, aquello no había sido un crimen normal, si no él no estaría allí.

Hacía mucho tiempo que ese tipo de cosas le cansaban, pero nunca había sabido hacer otra cosa. Y aun en el caso de que hubiese sabido el dinero era demasiado tentador. Quizá después de esto se retirase… había pensado eso muchas veces.

Hacía tiempo que pasaba de los cincuenta aunque nadie tenía muy clara su edad concreta. De pelo grisáceo y un rostro de rasgos marcados dominado por una ancha nariz, su expresión habitual solía hacer pensar a los de alrededor que se encontraba dándole vueltas a algo. Y la mayoría de las veces era cierto, porque eso es a lo que se dedicaba.

Iba siendo hora de reunir a su equipo, no tenía mucho tiempo que perder. Miró un momento su anticuado reloj de pulsera, las tres de la mañana. A Maya no le iba a hacer ninguna gracia volver tan rápido al ruedo.

Dio otra calada al cigarro y se quedó un instante mirando hacia una de las ahora inactivas cámaras que poblaban el techo. Necesitaba ver por si mismo las grabaciones, y necesitaba hablar con Robert Saunders sobre el problema que tenían. Porque eso es a lo que se dedicaba, Walther Bourg resolvía problemas.

***

Maya Ardiles dormía plácidamente acurrucada contra el cuerpo de su marido, desnuda, luciendo involuntariamente una dulce sonrisa de satisfacción.

Hacía apenas un par de días de su regreso de la última misión, en la que se había pasado casi dos semanas sin ver a Roger. Dos semanas sin abrazarle, dos semanas sin notar su aliento sobre su cuello. Dos semanas en las que apenas habían podido cruzar unas pocas frases cada día en las escasas llamadas para las que había tenido tiempo, dos semanas sin decirle ni una vez la verdad.

Porque Roger no sabía a qué se dedicaba su mujer. Roger no sabía que es lo que había estado haciendo estas dos semanas, ni lo que había hecho en ninguno de sus viajes anteriores.

Y eso a Maya le destrozaba el corazón. Deseaba poder decírselo, poder contarle por qué tenía que irse lejos de él tantas veces y en lugar de eso había tenido que inventarse una buena parte de su vida.

Pero cada vez que volvía a casa eso no importaba. Cada vez que volvía a casa él la esperaba como si de su primera cita se tratase y cada vez que se acostaba junto a él en aquella cama era como si fuese la primera vez que lo hacía.

Pese al mundo de secretos que les separaba y que en ocasiones hacía insoportable su trabajo cuando estaba de vuelta su vida solo podía describirse con una palabra, perfecta.

Y mientras Maya dormía, desnuda, acurrucada contra el cuerpo de Roger, luciendo involuntariamente una dulce sonrisa de satisfacción, el terminal que descansaba sobre una mesita junto a la cama empezó a sonar.

Sin siquiera abrir los ojos estiró el brazo y se acerco el terminal a la oreja.

-¿…si…? – preguntó de forma casi inaudible
-Soy Wal…
-Mierda Walth, ¿Sabes la hora que es? – respondió sin siquiera dejarle acabar la palabra
-No me hables de la hora, llevo aquí desde hace un par – le contestó – Tenemos trabajo
-¿Y a mí qué? – Respondió en medio de un bostezo – Sabes que estoy de permiso.
-Supongo que no habrás mirado los mensajes, todos los permisos están suspendidos – le informó
-¿Qué? No me jodas –se quejó ella, ahora mas despejada de lo que desearía - acabo de volver de… joder… ¿Qué coño pasa?
-No te lo puedo decir por teléfono, te veo en el Mirador dentro de una hora.
-De acuerdo, de acuerdo –le contestó de mala gana- allí estaré… ¿Vienen Alice y Los Gemelos?
-Ya están de camino
-Mierda, sabes que no están bien de la cabeza…
-No ha sido cosa mía, yo tampoco los habría llamado.
-Joder… esto no va a acabar bien, nunca lo hace…
-Lo sé… - suspiró Walther – lo sé, pero parece que es algo importante, pretenden atarles bien en corto. A ellos y a nosotros…

Ella se aparto el terminal un momento antes de continuar

-Watlh ¿Cuánto tiempo durará esta vez?
-No lo sé, hasta que esté solucionado.
-¿Qué le digo a Roger? No llevo ni dos días en casa…
-No te preocupes, cuéntale cualquier cosa, ya nos encargaremos que los telediarios se hagan eco de ello.
-De acuerdo… - le respondió con resignación - te veo en una hora.

Dejó el terminal en la mesita y se dejo caer de nuevo en la cama.

“Mierda”, susurró para sí misma mientras se le humedecía los ojos. Intentaba pensar en una excusa para justificar marcharse tan pronto, pero lo único que se le pasaba por la cabeza era lo mucho que llegaba a odiar su trabajo. Empezaba a costarle recordar por qué seguía haciéndolo.

***

Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón no se parecían en nada a lo que podía verse en el resto de la estación. En todas las colonias del sistema había zonas lujosas, pero no como aquello.

Alguna gente llegaba a pensar que se encontraba aun en la Tierra al ver aquello.

Porque en los niveles superiores de Ciudad Balcón apenas había metal. Apenas había algún indicio que indicase que uno se encontraba dentro de una estructura.

En Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón había jardines, ríos y montañas. Había lagos con pequeñas calas de arena blanca donde soplaba una fresca brisa con olor a salitre. Había caminos de mármol con vallas de madera y pequeñas casas con bancos en sus terrazas.

Y por encima de todo, había luz del sol. Por supuesto no era natural, pero pocos en el sistema serian capaces de notar la diferencia. Había cielo y un horizonte al que mirar en lugar de muros y compuertas. Por supuesto se trataba de una ilusión, pero pocos en el sistema serian capaces de percibir la diferencia.

Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón eran lo más parecido que había sido capaz el hombre de crear a lo que fue durante muchos años su hogar, la Tierra.

Llegar a vivir en cualquier lugar de Los Niveles Superiores era algo con lo que muchísima gente ni siquiera llegaba a soñar. Entrar siquiera una vez en su vida era algo difícil y que pocos se planteaban.

Los Niveles Superiores eran casi una estación aparte. Tenía su propio gobierno, su propia seguridad y sus propias reglas. Allí no existía el crimen, no existían las enfermedades, no había conflictividad, no existían las clases sociales y por supuesto no existía la pobreza.

En Los Niveles Superiores nadie se saltaba las normas. Al menos así era en la práctica totalidad de las ocasiones. Pero no en este momento.

Sentada en un cuidado banco de madera con las piernas cruzadas y un brazo extendido una chica pelirroja, despeinada, de vestimenta provocativa, esperaba contemplando el falso cielo mientras fumaba un cigarro.

No tardó en aparecer un agente de la ley a tratar de obligarla a apagarlo y advirtiéndole sobre su aspecto. En Los Niveles Superiores no se podía fumar y había unas estrictas normas de decoro, pero eso era algo que ella sabía perfectamente. Sin en ningún momento llegar a dirigirle la mirada le enseño la pantalla de su terminal de muñeca y en menos de cinco segundos el guardia se había ido, no sin antes pedirle disculpas.

Alice era la clase de persona que nunca había soñado siquiera con pisar aquello. Era la clase de persona a la que nunca habrían dejado ni acercarse a las puertas. Nunca hasta que entró a trabajar para La Compañía, o al menos así era como la gente llamaba a la agencia para la que trabajaba. Su trabajo por supuesto no existía y ella no trabajaba para nadie que pudiese estar allí, pero una identificación de esa agencia era una llave maestra en gran parte del Sistema Solar.

Desde el día en que consiguió ese trabajo venia con asiduidad, y le encantaba. Nunca se cansaba de mirar al cielo, de contemplar las nubes y de oler la brisa. Y por supuesto nunca se cansaba de poner nerviosos a esa despreciable panda de niños ricos. Siempre el mismo numerito, siempre buscando que la viesen. Incluso se arreglaba especialmente para la ocasión.

Las visitas a Los Niveles Superiores eran una de las partes de su trabajo que más le gustaban, aunque no las únicas. A decir verdad adoraba todo en su trabajo.

Antes de que la contrataran lo que ella hacia se llamaban atrocidades, ahora eran un servicio a la humanidad y a la civilización. Y eso le encantaba. Le encantaba que la sociedad perfecta tuviese que acudir a alguien como ella, le abriese las puertas de su casa, contemplase su arte y aun muertos de asco lo encumbrasen.

Pero esa seguía sin ser la mejor parte. La mejor parte para ella eran sus compañeros. Gracias a su trabajo había encontrado a su alma gemela, había encontrado alguien que la completaba. Había encontrado a Los Gemelos.

Joel y David Rifkin eran completamente opuestos a ella, pero había sido esa diferencia lo que los había llevado a congeniar de una manera tan profunda. Sus encuentros nunca resultaban tranquilos; chocaban en prácticamente todos los aspectos, muchas veces de manera irreconciliable, casi siempre de forma violenta y siempre pasional.

En esa violencia y esa inestabilidad que les azotaba en cada encuentro habían alcanzado una extraña forma de complicidad y de entendimiento. Cuando estaban juntos funcionaban como uno. Y cada vez que se separaban se encontraban completamente perdidos.

Eran almas gemelas, y lo serían hasta el día de su muerte.

Pronto habrían llegado, echaba de menos trabajar junto a ellos. La compañía parecía pensar que eran más dóciles separados, pero cada vez que pasaba algo importante no les quedaba más remedio que reunirlos.

Sonrió al notar un ligero cosquilleo en la boca del estomago. Era en momentos como ese cuando más se alegraba de trabajar donde trabajaba.

***

Cerraron con suavidad la puerta de la casa, cuidadosos que de que el ruido no perturbase a los vecinos justo antes de echarse a andar.

En aquel pequeño vecindario el silencio era uno de los bienes más preciados. Lejos de todo, sus inquilinos se distraían con asiduidad escuchando el romper de las olas del mar en un acantilado cercano o el sonido de la brisa moviendo las ramas de los arboles.

Quienes vivían allí pagaban grandes sumas de dinero para poder hacerlo y no toleraban ninguna molestia. Las normas de convivencia eran muy estrictas.

A los gemelos eso les gustaba, ellos habrían sido los primeros en advertir de un comportamiento inapropiado en la zona.

Caminaban acompasados mientras se alejaban, como siguiendo un guion, el uno con el otro. Mirando al frente, sin desviar la vista de su camino. Nunca pisaban el césped, nunca ensuciaban la acera. Eran totalmente conscientes del privilegio que suponía estar donde estaban y de cuál era el modo de comportarse.

Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón eran su hogar, y estaban dispuestos a hacer lo que fuese necesario para mantenerlos inmutables.

Los gemelos Joel y David vestían discretas ropas negras mientras caminaban al encuentro de Alice. Ella había insistido en encontrarse con ellos antes de reunirse con el señor Saunders en el Mirador. No les extrañaba, siempre lo hacía.

La habían conocido hacia ya varios años y aun no terminaban de entenderla. Ella sabía que adoraban verla, pero no allí. Sabía que les fascinaba, pero no allí. Sabía que no podían vivir sin ella, pero no allí. Ella no cumplía las reglas. Eso les fascinaba, pero no allí.

En Los Niveles Superiores no había sitio para ella. Ellos se lo decían, y ella les ignoraba. No sabían cómo hacer que lo entendiese, no sin hacerle daño. Y ellos bajo ningún concepto podrían hacerle daño.

Los gemelos Joel y David eran exactamente iguales. Altos, de hombros anchos, morenos y de facciones rectangulares. Ordenados, rectos, obedientes y leales hasta el fin. Todo lo contrario que ella.

Los gemelos Joel y David nunca creyeron ser capaces de enamorarse hasta que la encontraron a ella.

Les costaba entender como había ocurrido, pero desde el día que se conocieron empezó a hacérseles difícil vivir sin ella. Aunque tampoco resultaba fácil estar a su lado.

Alice era desorganizada e indisciplinada. Irrespetuosa y soberbia. Indecente y desvergonzada. Alice era fascinante.

Nunca debería haber pisado su mundo, pero desde el momento en que lo hizo no pudieron olvidarla.

Pronto pudieron verla esperándolos como siempre. Fumando, como siempre. Eso les hacía hervir la sangre.

Se acercaron mientras ella continuaba absorta contemplando el cielo. Sabía que estaban ahí, ellos sabían que lo sabía, pero en ningún momento hizo un solo gesto que lo indicase.

-Apaga ese cigarro – dijeron ambos al unísono – ahora.

Ella dio una calada, sonrió y siguió mirando al horizonte.

-Sabes que no puedes hacer eso – le dijo Joel
-No aquí – completó David.

Se levantó y se colocó justo ante ellos, a escasos centímetros, soplándoles el humo directamente a la cara.

-¿No puedo? – Sonrió mientras hablaba - ¿Y quién va a impedírmelo?

Hizo una pequeña pausa mientras los miraba a los ojos.

-¿Vosotros? No me hagáis reír chicos.

En ese momento dio una última calada, cogió el consumido cigarro y se dispuso a tirarlo. Los dos trataron de agarrarle el brazo e impedírselo, pero cuando ambas manos se cerraron sobre su muñeca la colilla estaba ya en el suelo.

-Ups, que torpe soy – dijo ella con un ridículamente falso tono inocente.

Apretaron con fuerza mientras la empujaban hacia abajo tratando de obligarla a agacharse mientras se les enrojecían los ojos.

-¡Recógelo! – Empezó Joel y terminó David - ¡Ahora!

Empujaron hasta que estuvo de rodillas en el suelo. Los gemelos eran fuertes, si el numerito duraba mucho tiempo podrían romperle el brazo.

-Sabéis que no lo haré – sonreía ella disimulando el dolor.

Tras unos instantes de vacilación la soltaron, David recogió la colilla y comenzaron a caminar en dirección al Mirador dejando a Alice arrodillada en el suelo tras ellos. Era incorregible, siempre conseguía irritarlos.

Nunca obedecía a nada ni a nadie ni daba su brazo a torcer. Y nunca conseguían que acatase ninguna norma. Sabían que podrían haberla obligado, podían haberle roto el brazo, pero les dolía el simple hecho de pensarlo. A cualquier otra persona se lo habrían roto y le habrían hecho comerse la colilla, pero a Alice nunca podrían hacerle algo así, y ella lo sabía.

Apenas unos instantes después la tenían junto a ellos, en medio de ellos, colgada del cuello de ambos.

-Venga chicos, no os pongáis así – dijo sonriente y feliz tras darle un beso a cada uno – sabéis que si fuese diferente no os gustaría.

Pudo intuir como ambos esbozaban una ligera sonrisa al tiempo que le rodeaban la cintura con sus brazos.

No importaba que ocurriese, que hiciesen o cuánto tiempo estuviesen separados, ellos tres se querían y eso era lo único que al final importaba.

-Además – continuó Alice casi susurrándoles al oído – tenemos trabajo y va a ser algo grande ¿Cuánto fue la última vez que nos llamaron a los tres a la vez? Va a ser grande, muy grande.

***

Ciudad Balcón había sido mucho tiempo atrás el proyecto más ambicioso de la humanidad. Con el problema de la superpoblación y las precarias condiciones de vida en las colonias era necesario un segundo hogar.

Por primera vez se consiguió la colaboración de todas las potencias mundiales unidas en una misma dirección. Los trabajos comenzaron sin límite de fecha ni gasto.

La Gran Guerra lo interrumpió todo y casi puso punto final a la iniciativa cuando esta se encontraba en su recta final.

Pero tras la devastación causada se convirtió en algo aun más importante. No se trataba de un segundo hogar, sino de un nuevo hogar. La Tierra sería inhabitable durante cientos de años. Sin tiempo a terminarla fue puesta en marcha para acoger a los supervivientes.

La gigantesca estación espacial estaba formada por un gran anillo de metal y cristal girando alrededor de una intrincada maraña de vigas y pasillos de mantenimiento. En el centro de esta estructura se encontraban los motores de gravedad, cuyas vibraciones hacían que la vida en los niveles más bajos fuese un poco más difícil de lo que ya era de por sí.

Esta zona de la estación, que nunca estuvo pensaba para ser habitada, con el tiempo se había convertido en una de las más pobladas. El lugar donde nadie quería estar y del que pocos conseguían salir. Millones de personas vivían aquí en minúsculas estancias rodeados de cables y tuberías, sin nada que poder mirar salvo algún ocasional contador de presión y manchas de oxido. Aquellos que vivían en los límites pegados al casco con sus cristaleras y estancias más amplias podían considerarse unos privilegiados.

Vista desde el exterior su diseño principal ya en poco se parecía a lo que se podía observar. Por todas partes habían surgido nuevas secciones, tratando de suplir la falta inicial de puertos o almacenes y la falta de estancias para acomodar a una población en continuo crecimiento. La estación había crecido en todas las direcciones que su armazón podía resistir sin poner en peligro su integridad.

Una de estas nuevas secciones, la más llamativa de todas, consistía prácticamente en una nueva estación de menor tamaño colocada sobre el disco de la original. Apenas conectaba con el resto de la estación en una docena de lugares, poseía sistemas de soporte vital independientes e incluso un motor de gravedad propio. Poca gente entraba allí, el acceso a Los Niveles Superiores no era nada sencillo.

En el centro de esa segunda estructura podía verse desde el espacio lo que de lejos un observador incauto confundiría con una antena de no haberse tratado del lugar con mayor fama de todo el sistema. La estrecha torre del Mirador sobresalía cientos de metros rompiendo la ya de por si discutible simetría de la estación.

Cada nivel albergaba una sola estancia de perímetro totalmente acristalado y su acceso solo era posible utilizando unos pequeños esquifes adaptados para hacer la función de ascensor.

El Hotel Mirador era el único lugar en toda Ciudad Balcón desde el que se podía contemplar la Tierra las veinticuatro horas del día. Mientras que desde cualquier otro punto de la estación gran parte del tiempo lo único que podía verse era vacío, su posición única y la distribución de sus suites hacían que el planeta azul se mantuviese ante sus cristaleras continuamente.

Aquel era el lugar desde donde se dirigía todo, la mayor concentración de poder y riqueza de todo el sistema. Siempre con la vista puesta en el lugar donde se originó todo, en la cuna de la raza humana.

Allí se habían iniciado guerras y se habían firmado armisticios. Se habían tramado golpes de estado y orquestado profundas crisis para beneficio de unos pocos. Allí ahora mismo tenía lugar una reunión mucho más importante de lo que la mayoría de sus asistentes pensaban. Mucho más importante de lo que todos, menos uno, sabían.

En la más alta suite de la torre del mirador cinco personas aguardaban sentadas en cómodas butacas mientras uno, su anfitrión, contemplaba la Tierra a través del cristal. Todos se conocían, todos habían estado ahí en múltiples ocasiones, aunque no siempre juntos.

Robert Saunders se dio la vuelta y se quedo un momento mirando al grupo que tenía delante. No le gustaba en exceso la perspectiva de depender de ellos, aunque lo cierto es que no le quedaban muchas más opciones. Eran lo mejor entre lo mejor en su trabajo, aunque también lo más imprevisible que tenían entre sus filas.

Ya tenía a su propio grupo elegido cuando William había exigido su presencia. Ciertamente nadie como ellos aseguraba una resolución rápida. Nadie era tan eficiente como este grupo completo, pero en ocasiones se volvían incontrolables y eso le asustaba. Había tratado de explicárselo pero no entraba en razón. Otro incidente como el que protagonizaron en la Luna un año antes no sería fácil de tapar y no tenía muy claro hasta donde les llevaría esta misión, podrían llegar a descubrir demasiado.

Pero esas no eran sus verdaderas razones para ser reticente. Lo que de verdad preocupaba a Robert era añadir un elemento externo a la situación. Él tenía sus propios planes, ajustados al milímetro, y cualquier pequeña desviación le desagradaba. Pero para su desgracia no había podido negarse, aún era pronto para desvelar sus cartas. Y pensándolo bien, esto podría acabar incluso suponiendo un beneficio.

Rápidamente despejo su cabeza y comenzó a explicarles la situación. Mientras hablaba vio gestos de decepción en algunas de las caras y de recelo en otras. Resultaba imposible que llegasen a entender la importancia de lo que tendrían entre manos, había demasiado que nunca podrían saber.

martes 15 de septiembre de 2009

Carta Estelar - Capítulo II (5)

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-Capítulo II (1)
-Capítulo II (2)
-Capítulo II (3)
-Capítulo II (4)

Ciudad Balcón había sido mucho tiempo antes el proyecto más ambicioso de la humanidad. Con el problema de la superpoblación y las precarias condiciones de vida en las colonias era necesario un segundo hogar.

Por primera vez se consiguió la colaboración de todas las potencias mundiales unidas en una misma dirección. Los trabajos comenzaron sin límite de fecha ni gasto.

La Gran Guerra lo interrumpió todo y casi puso punto final a la iniciativa cuando esta se encontraba en su recta final.

Pero tras la devastación causada se convirtió en algo aun más importante. No se trataba de un segundo hogar, sino de un nuevo hogar. La Tierra sería inhabitable durante cientos de años. Sin tiempo a terminarla fue puesta en marcha para acoger a los supervivientes.

La gigantesca estación espacial estaba formada por un gran anillo de metal y cristal girando alrededor de una intrincada maraña de vigas y pasillos de mantenimiento. En el centro de esta estructura se encontraban los motores de gravedad, cuyas vibraciones hacían que la vida en los niveles más bajos fuese un poco más difícil de lo que ya era de por sí.

Esta zona de la estación, que nunca estuvo pensaba para ser habitada, con el tiempo se había convertido en una de las más pobladas. El lugar donde nadie quería estar y del que pocos conseguían salir. Millones de personas vivían aquí en minúsculas estancias rodeados de cables y tuberías, sin nada que poder mirar salvo algún ocasional contador de presión y manchas de oxido. Aquellos que vivían en los límites pegados al casco con sus cristaleras y estancias más amplias podían considerarse unos privilegiados.

Vista desde el exterior su diseño principal ya en poco se parecía a lo que se podía observar. Por todas partes habían surgido nuevas secciones, tratando de suplir la falta inicial de puertos o almacenes y la falta de estancias para acomodar a una población en continuo crecimiento. La estación había crecido en todas las direcciones que su armazón podía resistir sin poner en peligro su integridad.

Una de estas nuevas secciones, la más llamativa de todas, consistía prácticamente en una nueva estación de menor tamaño colocada sobre el disco de la original. Apenas conectaba con el resto de la estación en una docena de lugares, poseía sistemas de soporte vital independientes e incluso un motor de gravedad propio. Poca gente entraba allí, el acceso a Los Niveles Superiores no era nada sencillo.

En el centro de esa segunda estructura podía verse desde el espacio lo que de lejos un observador incauto confundiría con una antena de no haberse tratado del lugar con mayor fama de todo el sistema. La estrecha torre del Mirador sobresalía cientos de metros rompiendo la simetría de la estación.

Cada nivel albergaba una sola estancia de perímetro totalmente acristalado y su acceso solo era posible utilizando unos pequeños esquifes adaptados para hacer la función de ascensor.

El Hotel Mirador era el único lugar en toda Ciudad Balcón desde el que se podía contemplar la Tierra las veinticuatro horas del día. Mientras que desde cualquier otro punto de la estación gran parte del tiempo lo único que podía verse era vacío, su posición única y la distribución de sus suites hacían que el planeta azul se mantuviese ante sus cristaleras continuamente.

Aquel era el lugar desde donde se dirigía todo, la mayor concentración de poder y riqueza de todo el sistema. Siempre con la vista puesta en el lugar donde se originó todo, en la cuna de la raza humana.

Allí se habían iniciado guerras y se habían firmado armisticios. Se habían tramado golpes de estado y orquestado profundas crisis para beneficio de unos pocos. Allí ahora mismo tenía lugar una reunión mucho más importante de lo que la mayoría de sus asistentes pensaban. Mucho más importante de lo que todos, menos uno, sabían.

En la más alta suite de la torre del mirador cinco personas aguardaban sentadas en cómodas butacas mientras uno, su anfitrión, contemplaba la Tierra a través del cristal. Todos se conocían, todos habían estado ahí en múltiples ocasiones, aunque no demasiadas juntos.

Robert Saunders se dio la vuelta y se quedo un momento mirando al grupo que tenía delante. No le gustaba en exceso la perspectiva de depender de ellos, aunque lo cierto es que no le quedaban muchas más opciones. Eran lo mejor entre lo mejor en su trabajo, aunque también lo más imprevisible que tenían entre sus filas.

Ya tenía a su propio grupo elegido cuando William había exigido su presencia. Ciertamente nadie como ellos aseguraba una resolución rápida y silenciosa. Nadie era tan eficiente como este grupo completo, pero en ocasiones se volvían incontrolables y eso le asustaba. Había tratado de explicárselo pero no entraba en razón. Otro incidente como el que protagonizaron en la Luna un año antes no sería fácil de tapar y no tenía muy claro hasta donde les llevaría esta misión, podrían llegar a descubrir demasiado.

Pero esas no eran sus verdaderas razones para ser reticente. Lo que de verdad preocupaba a Robert era añadir un elemento externo a la situación. Él tenía sus propios planes, ajustados al milímetro, y cualquier pequeña desviación le desagradaba. Pero para su desgracia no había podido negarse, aún era pronto para desvelar sus cartas. Y pensándolo bien, esto podría acabar incluso suponiendo un beneficio.

Rápidamente despejo su cabeza y comenzó a explicarles la situación. Mientras hablaba vio gestos de decepción en algunas de las caras y de recelo en otras. Resultaba imposible que llegasen a entender la importancia de lo que tendrían entre manos, había demasiado que nunca podrían saber.